Gente Yold- por Carmen Matas
Irena Sendler: el ángel del gueto de Varsovia
En el horror del gueto de Varsovia, donde los seres humanos morían hacinados durante la ocupación nazi, hubo un ángel con nombre propio: Irena Sendler. Esta enfermera polaca ideó una operación para sacar niños judíos del gueto sin que los nazis lo advirtieran. Hoy rememoramos su historia.
-“Solo hice lo que había que hacer. Debí salvar a más”. Fueron palabras de la propia Irena Sendler, también conocida como “el Ángel del Gueto de Varsovia”. Una enfermera y trabajadora social polaca, que durante la Segunda Guerra Mundial ayudó y salvó a más de 2.500 niños judíos, prácticamente condenados a ser víctimas del Holocausto, arriesgando con ello su propia vida.
En medio de la tragedia de la guerra, la ocupación alemana y el exterminio de los judíos polacos, Irena encontró las fuerzas para hacer algo extraordinario, sorteando la adversidad y aportando bondad y valentía ante tanta tragedia.
Un ángel entre tanto horror
Cuando Alemania invadió Polonia en 1939, Irena Sendler era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia. Ella trabajaba en la sección que se encargaba de los comedores comunitarios de la ciudad y todo siguió de una forma más o menos normal hasta que, en 1942, el Tercer Reich creó el gueto de Varsovia, en el que fueron confinados los judíos de esta ciudad, así como de otras regiones de Polonia bajo control alemán. Esta terrible idea llevó implícita una mucho peor: la masacre había comenzado. Dentro del plan de limpieza que los alemanes pusieron en marcha se encontraba, por ejemplo, la orden de asesinar a todo niño o niña que viniera de una familia que no fuese de raza aria.
En su juventud
El objetivo de los nazis era, ni más ni menos, que eliminar a toda la población semita de Varsovia. Había cuerpos en las calles, niños fusilados, golpeados, otros muriendo de hambre, enfermos… Irena, horrorizada por las condiciones en que allí se vivía, se unió a la Zegota, el Consejo para la Ayuda de los Judíos y arriesgó su vida por tratar de paliar este horror.
Su labor en el gueto de Varsovia
Irena consiguió sin problemas una credencial de la oficina sanitaria para poder entrar en el gueto. Los alemanes temían una posible epidemia de tifus y permitían que personal sanitario polaco accediera al gueto para tratar de controlar las enfermedades contagiosas.
Así, comenzó a establecer contacto con las familias para proponerles sacar a sus hijos fuera del gueto. No era una misión fácil y mucho menos segura, pero lo que sí era cierto en aquel lugar era que los niños terminarían muriendo. Irena comenzó sacando a los niños escondidos dentro de sacos de patatas, maletas y bolsas de basura. Sin embargo, pronto los alemanes intensificaron el control, así que pasó a hacer uso de una estrategia mucho más extrema: drogaba a los niños y los metía en ataúdes, haciéndoles pasar por muertos.
En cuanto a las vías para sacarles, a veces recurría al primer tranvía de la mañana, escondidos entre los adultos autorizados a trabajar en el exterior, en los empleos más penosos que nadie quería hacer. Otras veces utilizaba una iglesia que tenía varias puertas o incluso los sacaba a través del edificio de los juzgados. Muy a menudo, sin embargo, el único camino de salvación fueron las cloacas y los sótanos de edificios ubicados junto a la muralla del gueto.
Una nueva identidad
Una vez fuera, Irena llevaba a estos niños a lugares seguros en los que pudieran adaptarse a su nueva situación, ayudándoles a recuperar primero la salud y las energías. A través de Zegota se preparaban documentos falsos, como partidas de nacimiento y certificados de bautismo, para otorgar de una nueva identidad a los niños. Los apellidos debían corresponderse con los de la familia que aceptaba acogerlos. Si no había con quien llevarlos, al menos se los confiaba a orfanatos cristianos, que representaban una garantía de supervivencia.
Pero Irena quería que un día estos niños pudieran recuperar sus verdaderos nombres, así como regresar con sus familias, para lo que ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Anotaba los datos personales de cada pequeño en trozos de papel y los guardaba dentro de botes que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino sin que nadie sospechase nada.
Condenada a muerte
Pero un día, una vigilante de una lavandería, descubierta por los alemanes y torturada brutalmente para que confesara, acabó delatando algunos componentes de la red que se ocupaba de los niños, entre ellos, a Sendler. Así, en octubre de 1943, Irena fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak, donde fue brutalmente torturada. Ella conocía cada uno de los nombres y las direcciones de las familias de los niños que liberaba, pero soportó toda clase de torturas y atrocidades para no poner en riesgo a ninguno de sus colaboradores y, por supuesto, de los pequeños y sus familias.
La Gestapo la condenó a ser fusilada. Sin embargo, camino del lugar de la ejecución, el soldado que la llevaba la dejó escapar. Oficialmente, fue declarada como ejecutada, muerta a todos los efectos. Con falsos documentos de identidad y en la clandestinidad, continuó trabajando contra el dominio nazi.
Un reconocimiento que tardó en llegar
A pesar de haber desarrollado una labor de un valor incalculable, tras la derrota de la Alemania nazi, Polonia cayó bajo el régimen comunista que mantuvo al país aislado del mundo y a Sendler prácticamente en el anonimato.
En 1999, los alumnos de secundaria de un remoto pueblo norteamericano recuperaron su historia a través de una obra de teatro que bautizaron como Life in a Jar (La vida en un frasco). La obra terminó representándose en otros puntos del interior de Estados Unidos, como Los Ángeles y Nueva York, y terminó incluso exportándose hasta Polonia. Así consiguió rescatarse del olvido a una de las personas que más hizo por mantener la vida y la esperanza lejos del horror y la desesperación del holocausto nazi.
En noviembre del 2003, el entonces presidente polaco, Aleksander Kwasniewski, le otorgó la más alta distinción civil de Polonia, nombrándola dama de la Orden del Águila Blanca (Order Orła Białego). Irena pudo recoger este reconocimiento acompañada de sus familiares.
Más tarde, en 2007, el gobierno de Polonia la presentó como candidata para el Premio Nobel de la Paz, como representación de una de las últimas heroínas vivas de su generación, y que “demostró una fuerza, una convicción y un valor extraordinarios frente a un mal de una naturaleza extraordinaria”, se leía en su candidatura. Finalmente, el galardón fue concedido a Al Gore.
El ángel del gueto de Varsovia
13/May/2020